¿”Nos” estábamos volviendo locos?

El cuarto se infló y desinfló como si respirara. Mientras, detrás del mueble una tortuguita verde salió caminando. Caminó algo menos de un metro cuando su tamaño aumentó hasta quedar de la altura del mueble. Después de eso se impulsó, flotó y comenzó a pasearse por el aire de la sala.

Allá, en el rincón, encima de la imponente torre negra iba pegado el torso de un caballero vestido con armadura de acero; en un brazo empuñaba su espada y en la otra se protegía con el escudo. Era una pieza de ajedrez, pero aumentada en su tamaño unas diez veces. Observaba toda la sala como si pudiera ver a través de su yelmo brillante. Y de repente comenzó a saltar, o al menos trataba. Sus saltos apurados causaban un profundo ¡BUM! cada vez que lo hacía.

Al otro extremo de la sala, en la repisa de madera, descansaba el último libro de la saga Harry Potter, el de las reliquias de la muerte. Segundos después comenzó a inflarse y expandirse hasta que la débil repisa no pudo soportarlo sobre ella y cedió, haciéndose añicos. El libro quedó parado, apoyado a la pared, del tamaño de una nevera mientras que a su lado pasó corriendo lo que parecía un escarabajo azul.

De un momento a otro, la pasta dura de la portada se abrió y sus hojas se arrancaron solas. Al hacerlo desprendían un rugido atronador que retumbaba en toda la sala. Al ser arrancadas, salían volando por los aires como alfombras voladoras gigantes y allí arriba, como si una mano invisible las rompiera, se hacían pedacitos y caían al suelo como nieve.

Nada de aquello podría ser real ¡era imposible! Pero al parecer si lo era porque yo lo estaba viendo. Mi mamá, mi papá y mi hermano también lo veían. El ¡BUM! causado por la torre negra y los rugidos provenientes de las páginas del libro al ser desgarradas me impedían pensar con claridad. Y qué decir de la colosal tortuga que volaba por toda la sala

¿Acaso me estaba volviendo loco?  ¿“Nos” estábamos volviendo locos? Me jalé los pelos de la cabeza, inclinando mi mirada al suelo y entonces vi una manada de algo que caminaba debajo de la alfombra. Sólo podía ver los cientos de bultitos andantes que causaban su ágil desfile debajo de la tela. Los seguí con la vista hasta que salieron al otro extremo de la alfombra. Eran diminutos carritos de cuerda pintados de todos los colores que parecían escarabajos. Pero me di cuenta que no lo eran cuando llegaron a la pared y en vez de estrellarse con esta, comenzaron a treparla. Algunos llegaban al techo y seguían andando pegados a este. Otros caían.

Sacudí la cabeza y cerré los ojos para ver si toda aquella locura desaparecía, pero cuando los abrí vi a mi mamá. Con sus manos trataba de coger en el aire los pedacitos de papel que caían como nieve. Mi  papá era un zombi hipnotizado caminando detrás de la tortuga que había seguido creciendo -me dio la impresión de que esta iba a expulsar violentamente el techo e iba a salir volando y se iba a perder en el cielo profundo de aquella extraña mañana-. Mi hermano había agarrado el paraguas de mi mamá y la estaba usando como una espada en una batalla que había comenzado en contra del enorme caballero-torre negra que todavía seguía dando saltos pesados y seguía retumbando.

Yo sólo miraba, miraba y miraba.

Y entonces sentí el olor, era gas.

Y enseguida sucedió; mi papá se había aburrido de perseguir a la tortuga. Ahora había sacado un cigarrillo y la mechera de su bolsillo. Se puso el cigarro entre los labios, acercó la mechera a este y la encendió.

Los pedacitos de papel que seguían cayendo como nieve se incendiaron al instante. El caballero-torre negra explotó en cientos de pedazos que fueron a parar a la pared, clavándose en ella. La tortuga había crecido hasta tapar todo el techo con su plastrón y entonces también explotó hasta que la sala fue cubierta con todas sus vísceras que al instante se evaporaron y el techo salió volando por los aires.

Mi hermano, quién se encontraba más cerca de la cocina, fue el primero en morir calcinado. Luego mi papá, quién fue el que encendió la mechera, se prendió casi al mismo tiempo que mi hermano pero fue el segundo en quemarse por completo. Mi mamá fue la siguiente y yo fui el último. El mundo fue devorado por una colosal ola de fuego infernal que redujo todo a cenizas, a polvo.